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    Alicia Pérez Gil
    Superadministrador

    Aquí está el texto, como referencia.

    Martes, 20 de marzo de 2012

    Kate

    Kate Waters se aburría. Normalmente no habría asociado esa palabra a su trabajo, pero ese día no había tenido más remedio que quedarse en la oficina bajo la atenta mirada de su jefe y lo único que podía hacer era revisar
    borradores.

    —Necesito el hechizo de tu teclado —le había gritado Terry, el jefe de redacción, blandiendo hacia ella un artículo que otra persona había escrito con los pies—. A ver si puedes mejorarlo con tus poderes mágicos.

    Y en eso estaba.

    —Esto es un infierno —se quejó Kate al de sucesos, que estaba sentado delante de ella—. Los mismos churros de siempre con algún adorno distinto. ¿Con qué estás tú ahora?

    Gordon Willis levantó la cabeza de un periódico y se encogió de hombros. El redactor jefe siempre se refería a él por su cargo («Que se ocupe de esto el de sucesos…»).

    —Esta tarde tengo que ir al juzgado de Old Bailey. Quiero charlar con el inspector jefe sobre el asesinato de la ballesta. Todavía no tengo nada, pero espero poder hablar con la hermana de la víctima cuando acabe la sesión. Al parecer, se acostaba con el asesino. Podría salir un buen titular, de varias columnas: «La esposa, la cuñada y el asesino al que las dos amaban» —enunció con una sonrisa—. ¿Por qué? ¿Qué te ha tocado a ti?

    —Nada. Remendar un artículo que ha perpetrado uno de los esclavos digitales —dijo Kate, señalando con la mirada a una ninfa adolescente que estaba tecleando frenéticamente en una mesa al otro lado de la sala—. Creo que acaba de salir del instituto.

    Ella misma se dio cuenta de lo amargado y rancio que había sonado el comentario y decidió cortarlo por lo sano. El tsunami de noticias de la edición digital la había relegado a una orilla lejana, igual que a todos los que eran como ella. Los periodistas que en otros tiempos habrían ocupado los mejores puestos (el equivalente a un podio olímpico en un periódico) habían pasado a ocupar las mesas más periféricas de la redacción, desplazados hacia la salida por los operativos de la edición digital, cada vez más numerosos y dedicados a escribir las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, para alimentar la demanda continua de noticias.

    En la fiesta de Navidad, el redactor jefe ya les había pegado un sermón sobre los nuevos medios de comunicación: que habían dejado de ser nuevos y se habían convertido en la regla, que eran el futuro. Y Kate sabía que tenía que dejar de quejarse de ese tipo de cosas.

    Es difícil, se decía a sí misma, cuando los artículos más vistos de la web son los que plantean si a Madonna se le marcan demasiado las venas de las manos o si la estrella del culebrón de turno ha ganado peso. Rajar sobre famosos y disfrazarlo de noticia era realmente horroroso.

    —En cualquier caso —dijo en voz alta—, nada que no pueda esperar. Salgo a buscar unos cafés.

    También habían quedado atrás los días de la RR, la Rápida de la Reunión, cuando los periodistas de Fleet Street aprovechaban para salir a tomar una copa rápida en algún pub cercano mientras la ejecutiva se reunía con el director por la mañana. Según la tradición, después de una RR venían las acaloradas discusiones con el redactor jefe. Cuenta la leyenda que, al término de una de esas discusiones, un periodista que iba demasiado borracho para tenerse en pie le mordió un tobillo a su jefe y que otro llegó a lanzar una máquina de escribir a la calle por una ventana.

    Con el paso del tiempo, la redacción de informativos se había trasladado a unas oficinas situadas sobre un centro comercial, con ventanas herméticas de cristal doble, donde el consumo de alcohol estaba terminantemente prohibido. El café se había convertido en la adicción más habitual.

    —¿Qué te apetece? —preguntó Kate.

    —Un macchiato doble con sirope de avellana, por favor —pidió Gordon—. O cualquier otro líquido de color marrón. Lo que encuentres primero.

    Kate tomó el ascensor para bajar y pescó una primera edición del Evening Standard al pasar junto al mostrador de seguridad que presidía el vestíbulo de mármol. Mientras esperaba a que el camarero obrara su magia con la cafetera, echó un vistazo a las páginas, buscando firmas de amigos.

    Casi todo el periódico estaba dedicado a los preparativos de los Juegos Olímpicos de Londres, por lo que estuvo a punto de pasar por alto un párrafo del fondo de la sección de Breves.

    Bajo el titular «Encontrados los restos de un bebé», dos frases contaban que se había descubierto el esqueleto de un bebé durante unos trabajos de derribo en una obra de Woolwich, bastante cerca de donde vivía Kate, al este de Londres. La policía estaba investigando el caso, pero no había más detalles. Arrancó la noticia para echarle un vistazo más tarde. Llevaba el fondo del bolso forrado con recortes de periódico arrugados.

    —Parece la jaula de una cotorra —le había dicho su hijo mayor, Jake, burlándose de ella por llevar todos aquellos recortes de papel pendientes de recibir un soplo de vida en cualquier instante. A veces eran noticias que creía dignas de investigar, aunque lo más frecuente era encontrar un titular o una cita que invitaban a preguntarse: «¿Dónde está la noticia?».

    Kate volvió a leer aquellas treinta palabras y pensó en la persona que faltaba en la historia: la madre. Mientras volvía con los cafés, iba enumerando mentalmente las preguntas que se le ocurrían. «¿Quién era el bebé? ¿Cómo murió? ¿Quién sería capaz de enterrar a un bebé?»

    —Pobre criatura —exclamó en voz alta. De repente le vinieron a la cabeza un montón de imágenes de sus propios hijos. Jake y Freddie habían nacido con dos años de diferencia y toda la familia los llamaba «los chicos». Los visualizó como bebés robustos, como chicos equipados para jugar al fútbol americano, como adolescentes gruñones y ya como adultos. Bueno, casi. Sonrió para sí misma. Kate recordaba el momento en que había visto a cada uno de sus hijos por primera vez: esos cuerpos enrojecidos, escurridizos, arrugados, con demasiada piel para tan poco cuerpo, mirándola entre parpadeo y parpadeo cuando los tenía en el pecho y le invadía la sensación de conocerlos desde siempre. ¿Qué motivo podía llevar a alguien a matar a un bebé?

    Cuando volvió a la sala de redacción, dejó los cafés y se acercó al despacho del jefe.

    —¿Te importa si me dedico a investigar esto? —preguntó mientras le mostraba el recorte. Terry intentaba descifrar la expresión de algún miembro de una familia real extranjera y ni siquiera levantó la cabeza, por lo que Kate asumió que no le importaría.

    La primera llamada que hizo fue al despacho de prensa de Scotland Yard. Al principio de su carrera como periodista, cuando todavía era una aprendiz de un periódico local de East Anglia, solía presentarse cada día en comisaría para echarle un vistazo al registro de entradas mientras el sargento se la intentaba camelar. Ahora, en cambio, cuando llamaba a la policía casi nunca lograba hablar con un ser humano, y si lo conseguía, la experiencia solía durar poco tiempo.

    —¿Ha oído la grabación? —preguntaba en esas ocasiones alguien del gabinete de prensa, sabiendo que la respuesta sería negativa. Entonces desviaban la llamada y lanzaban un mensaje enlatado que enumeraba hasta
    el último cortacésped robado y todas y cada una de las peleas que habían tenido lugar en los pubs de la zona durante los últimos días.

    Sin embargo, esta vez le tocó el gordo. No sólo le pasaron con alguien de carne y hueso, sino que además lo conocía: al otro lado del teléfono sonó la voz de un antiguo compañero de trabajo del primer empleo que había tenido en un periódico nacional. Era como si un cazador furtivo se hubiera pasado al bando de los guardabosques, un tipo que desde hacía poco tiempo había optado por un mundo más seguro y, según decían algunos, más sensato: el de las relaciones públicas.

    —Hola, Kate. ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!

    Enseguida notó que a Colin Stubbs le apetecía charlar. Había sido un buen periodista, pero su esposa, Sue, se había cansado de la turbulenta vida callejera que implicaba el oficio y había acabado imponiendo su confinamiento en el hogar. Eso explicaba que Colin estuviera tan ansioso por conocer cualquier detalle sobre ese mundo al que se había visto obligado a renunciar. Preguntó por rumores que le habían llegado sobre otros periodistas y repitió una y otra vez que dejar el periodismo había sido lo mejor que había hecho hasta el momento.

    —Genial, qué suerte la tuya —dijo Kate, decidida a mostrarse optimista a cualquier precio—. Yo aún estoy sudando tinta en el Post. Mira, Colin, en el Standard he leído que han encontrado el cadáver de un bebé en Woolwich. ¿Tú sabes cuánto tiempo llevaba allí?

    —Ah, eso. Espera, voy a buscar los detalles del caso en el ordenador… Aquí está. No hay gran cosa, y lo poco que hay es bastante sórdido, la verdad. Un obrero estaba despejando un lugar que iban a derribar, movió un macetero enorme y debajo encontró ese esqueleto diminuto; parece que era de un recién nacido. Los forenses lo están analizando, aunque aquí pone que los primeros indicios apuntan a que llevaba allí mucho tiempo, que incluso podría tratarse de un vestigio histórico. Creo que es por la zona universitaria de Greenwich. ¿No es donde vivías tú?

    —Bueno, en la orilla norte y más hacia el este, en Hackney. Sigo esperando que el tren de la gentrificación se detenga de una vez. ¿Algo más? ¿Tienen alguna pista sobre la identidad del bebé?

    —No. Por lo que leo aquí, los recién nacidos presentan una dificultad añadida respecto a los análisis de ADN, más aún si llevan tantos años enterrados. Además, se trata de una zona de pisos y habitaciones de alquiler, con nuevos inquilinos cada dos por tres, y el poli que se ocupa del caso no es muy optimista al respecto. Y, por si fuera poco, estamos todos hasta el cuello de trabajo con los Juegos Olímpicos.

    —Sí, claro —dijo Kate—. El tema de la seguridad tiene que ser una verdadera pesadilla. He oído que tendrán que venir agentes de otros cuerpos para poder controlar el tema. Bueno, parece que esta historia del bebé es como buscar una aguja en un pajar. Oye, Colin, gracias, me alegro de que nos hayamos puesto al día. Dale recuerdos a Sue. ¿Me llamarás si en algún momento te enteras de algo más sobre este tema?

    Kate Waters colgó el teléfono con una sonrisa en los labios. Le encantaban los casos que podían compararse con buscar una aguja en un pajar. Descubrir el destello minúsculo de un indicio entre la oscuridad, algo en lo
    que sumergirse a fondo, a lo que hincar el diente. Lo que fuera, con tal de salir del despacho.

    Se puso el abrigo e inició el largo trayecto que la separaba del ascensor, aunque no llegó muy lejos.

    —Kate, ¿vas a salir? —gritó Terry—. Antes de irte, ¿podrías ayudarme a resolver esto de la familia real noruega? Me están sangrando los ojos.

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